lunes, 14 de febrero de 2011

Kiku Chan o cómo hacer feliz a Naruto

Al final no fue tunait. De hecho todavía no hemos vuelto, pero son ya tantas las visitas y tantos los ramen que con la memoria nos basta. Así que, al turrón.

El Kiku es un restaurante abierto por un cómico japonés hace unos años. Parece ser que en Barcelona encontró una vocación frustrada y cambió micrófonos por cucharones. Pero como suele suceder en estos casos, fue ofrecerle un trabajo en Japón y mandar los fogones a hacer puñetas, dejando el Kiku a su suerte, o eso es lo que dice la leyenda. El kiku cayó en manos chinas, como todo últimamente, pero en vez de llenarlo todo de familias felices tres delicias subiendo a un árbol, mantuvieron las recetas originales del ramen. Alabado sea Buda.

Nosotros llegamos allí por recomendación de nuestra antigua profesora de japonés y lo cierto es que no resulta extraño encontrar (pi)nipones por allí, lo que suele ser buena señal.

El local en cuestión se encuentra en la calle Numancia 133, cerca de l’Illa y es un sitio estrecho y viejuno de paredes desconchadas. Ni dragones flameantes, ni lámparas de papel ni cuadros de cascadas (de las de agua) con bombillitas. Pared blanca y desconchada. Barra a mano derecha, revistas de cuando Goku aún tenía rabo a la izquierda y un barril de cerveza con cañero en medio del bar. Muy poco acogedor, la verdad. Y cuando cruzas la cortinilla que lleva a los baños, además de olor raruno, hay gyoza (los ravioli japoneses) en cajas y más cortinillas que posiblemente den a un almacén lleno de máquinas de coser y señores encadenados a una mesa. Sí me gustan los tópicos. Es lo que hay.

Salir corriendo de allí es una opción. Pero si uno tiene los arrestos para quedarse (que vienen a ser cojones, pero en fino), hay recompensa. Vamos a la comida, que estoy muy disperso. Los entrantes son reguleros, la verdad. Las croquetas no valen nada, el gyoza se deja comer y había algo más que no estaba mal y que ahora no recuerdo. El caso es que después de algunas pruebas decidimos que los entrantes no valían la pena, así que muy allá no debían estar. Los platos principales son, con excepción de las carnes, abundantes. Lo de las carnes merece un pequeño comentario. Las mesas tienen en el centro una pequeña parrilla a gas (sí, la cosa que se te clava en las rodillas cuando te sientas es una bombona). Lo de Choji en Naruto, pero en pequeño. Muy curioso, pero muy escaso. Te vienen unos 100 g de carne con un par de salsas, te encienden el brasero y mientras los demás se ponen hasta el ojete de comer, tú te vas haciendo tus lamentables mini-filetes mientras miras a los otros con cara de perrillo abandonado. Moraleja: no os pidáis la carne. El yakisoba mola y el arroz tampoco está mal. Además ponen platazos de madre, que está bien (es casi el grado más elevado de plato, sólo después de los platos de abuela). Y llegamos a la joya de la corona. El ramen es la p*lla. ¿Qué qué es el ramen? Sopa con fideos. Un caldo con verduras, carne y pasta. Y aquí viene en un tazón gigante, esta de coña y cuesta unos 7-8 lereles, que corriendo los tiempos que corren no está mal. Lo hay de distintos tipos, aunque todos tienen un trozo de cerdo asado y verduras variadas. Personalmente prefiero el de cebollinos, pero allá cada cual.

Parece que no, pero si te metes dentro, cubre

Y esto es todo, porque los postres, como en la mayoría de japoneses, dan penica. No le acabo de ver la gracia al helado de té verde, que parece espinacas deshidratadas, ni a lo de las judías dulces. Por cierto, hay que ser muy perverso para ponerle a los niños japoneses judías como postre. Cuántas lágrimas, cuántos hara-kiris se hubiesen evitado con un brazo de gitano o unas natillas! Hala, ya está.


viernes, 11 de febrero de 2011

Guelcom tu OURRRR gastronomic's blog o algo!

Queda inagurado la segunda temporada de A buen tragón, aunque el blog esté por formar en cuanto al tema gráfico, que este es feeeeeeeeeeeo, feo.
Después de una primera intentona con el Born to Eat, andonada nomacuerdo por qué, vengo con ganas, con fuerza y con alegría a seguir apuntándome ande como, el qué y cómo, valga la redundancia fonéticofestiva.

Opinaremos (porque no me gusta comer sola y siempre serán opiniones varias) de lo que jalamos, de cómo es el sitio, de los vinos que probemos, las ginebras... todo lo que tenga que ver con el comercio y el bebercio, que viene siendo lo que nos mola.

Abriremos boca tunait con Kiku Chan, un japonés sencillito donde ponen el mejor ramen de toda Barrrcelona.

See ya!